martes, 10 de marzo de 2009

La humildad del hombre a semejanza de Jesucristo

El que se humilla será enaltecido
El maestro termina el Evangelio de hoy con una sentencia estremecedora: “El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”. Dice esto muy conscientemente, sabe de Adán, que quiso ser “como Dios” en el conocimiento o control del bien y del mal y terminó viéndose desnudo y muriendo desterrado del Paraíso; lo dice quien por obediencia filial se despojó de su rango, tomó la condición de esclavo, murió muerte de Cruz, pero resucitado se sienta a la diestra del Padre en el cielo para siempre.
Dichas por Jesucristo estas palabras manifiestan toda su verdad y se convierten en un reto que desafía los valores de este mundo. ¿Quién está dispuesto a reconocer su dependencia y sus límites y a confesar la verdad del otro, la verdad de Dios?
Pero no podemos seguir indiferentes eludiendo la respuesta. O con Adán al exilio de muerte o con Cristo al Reino de la Vida. O saltando irrisoriamente para escalar el cielo o de la mano de Cristo elevados junto a El.
La humillación implica aceptación de la verdad de lo que somos y de la verdad que nos rodea, renunciando a la falsa idea de que la realidad se ha de someter a nuestra voluntad personal o colectiva. En gran medida hoy impera un criterio subjetivista y voluntarista, revestido de falsa libertad y de democratismo intelectual que renunciando a la verdad repudia la autohumillación como acceso a la humildad y condena a personas y sociedades al fracaso más estrepitoso, propio, de todo lo que se construye sobre la mentira y la presunción. Que afanosa es la destructiva manera que tenemos de alzar torres de Babel.

Jesucristo enseñó AMAR AL PROJIMO COMO SE AMA UNO MISMO
¡ BUENOS DÍAS ! ¡ DIOS LOS BENDIGA !

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